miércoles, 18 de junio de 2014

¡Gracias!

España, qué le vamos a hacer, es un país cainita. Siempre lo fue y así seguiremos, reflejados eternamente en ese certero duelo a garrotazos en el que Goya inmortalizó nuestro carisma. Ahora, con ocasión de la abdicación del Rey Juan Carlos I, reverdece esa forma de ser, y la institución monárquica y la propia figura del Rey están siendo objeto de ataques verbales, burlas y chanzas. Y no me refiero, por supuesto, a que se pida un referéndum sobre la forma de Estado, que eso es muy legítimo. Aunque, puestos a pedir, a mí lo que me pide el cuerpo es hacer un poquito de memoria y, en consecuencia, dar gracias al Rey.

               Gracias por renunciar al poder omnímodo que le dejó el dictador y hacer verdaderamente soberano al pueblo español. Gracias por convertirnos en ciudadanos en lugar de súbditos. Gracias por propiciar que España sea hoy un Estado de Derecho, democrático y con sus particularidades regionales reconocidas. Gracias por ser nuestro mejor embajador, ganando para el país prestigio y trabajo en el extranjero. Gracias por haber sido un Jefe de Estado cercano a los ciudadanos, disfrutando con sus alegrías y sufriendo con su dolor. Gracias por que hoy en España sea posible tomar la calle y decir públicamente lo que se piensa, hasta pedir una república. Gracias, en definitiva, por habernos permitido conocer la mayor etapa de estabilidad y progreso de la Historia de España.


               (P.S.: dicen que la mujer del César no solo tiene que ser honrada sino también parecerlo. Al Rey se le achaca que tiene no sé cuántas amantes, que caza elefantes, que le ha salido un yerno -y quizá también una hija- chorizo, etc. Napoleón repudió y maltrató a su primera esposa, se deshizo por métodos expeditivos de numerosos enemigos, llevó la guerra -la guerra, señores, ¡la guerra!, con su reguero de muerte y destrucción- a toda Europa, etc. Y sin embargo, dos siglos después, el pueblo francés aún le venera por la sencilla razón de que dio grandeza a su país. Y eso, importa.)

jueves, 8 de mayo de 2014

¡Te hemos vencido!

Fue Procopio de Cesarea el cronista oficial del más célebre de los basileus o emperadores bizantinos, Justiniano. (Hasta que, caído en desgracia, cesó de sus funciones y entonces, como buen despechado, se puso a escribir anónimos sobre las andanzas de la emperatriz Teodora, que antes de reinar se dedicó a la profesión más antigua del mundo. Pedazo de cambio el suyo. Pero esa es otra historia.) Pues nos cuenta Procopio que cuando allá por el año 537 se bendijo esa maravilla arquitectónica que es la iglesia de Santa Sofía de Constantinopla, Justiniano, sin duda extasiado ante la magnitud de la obra, cegado por el brillo del oro de sus mosaicos y "colocado" por nubes de incienso, se acordó del mítico templo de Jerusalén y entonces exclamó "¡Salomón, te he vencido!".
           
            Pues hablando de edificaciones más o menos aparentes, no creo que a nadie le haya pasado inadvertida aquella a la que me quiero referir, sobre todo a los que hayan cumplido ese rito doméstico que es visitar Ikea. Cuando se viene de Castilleja y se empieza a bajar la cuesta -con la debida reducción a 80 km./h. so pena de que el radar te haga un simpático retrato- es cuando se aprecia en todo su esplendor la soberbia altivez de la llamada torre Pelli, y entonces uno se pregunta qué hace allí semejante palitroque, esa suerte de turris... altissima, porque a la única turris fortissima de la ciudad solo le gana en metros. Y quizá fue precisamente eso, ganarle en altura, lo que pretendieron sus hacedores, los entonces presidente de Cajasol Antonio Pulido, el alcalde Monteseirín, y demás colaboradores necesarios quienes quiera que fueran. Me los imagino a todos mirando en ensoñaciones a la Giralda y gritándole con incontenible furia "¡te hemos vencido!". Y me da la risa, claro.

            Dios me libre de juzgar las posibles virtudes artísticas de la torre Pelli, pues mis escasos conocimientos sobre arte no alcanzan a la arquitectura contemporánea, pero eso no me invalida para opinar que, por más que lo miro, no me acostumbro a encajar ese edificio en el perfil -sky line que se dice ahora- de una ciudad monumental como Sevilla. Sencillamente, me parece fuera de lugar. Y eso que el debate ha dado para mucho, porque uno, que le gusta mucho un periódico y una butaca, está harto de leer opiniones tanto a favor como en contra de la torre salidas de muy reputadas cabezas. ¿Quiénes llevan razón? Pues mire usted, si la razón es por definición objetiva, en este caso todo parece reducirse a criterios subjetivos, cuando no interesados...

            Y esa es la llaga sobre la que hay que poner el dedo. A muchos alcaldes parece que les entra una obsesión enfermiza por dejar para siempre su firma a base de ladrillo y cemento, obviando incluso el daño -irreversible casi siempre- que pueden ocasionar al patrimonio de su pueblo o ciudad, a la que, por supuesto, aman hasta el tuétano. Ahí está para la historia el caso de José Hernández Díaz, que se ganó el apodo de alcalde palanqueta por su pasión -especulativa- por tirar abajo palacios y edificios históricos del centro de Sevilla para levantar en su lugar horribles inmuebles para comercios y oficinas. Pues bien, ¿saben de qué era catedrático el señor Hernández? ¡De Historia del Arte! (tiren de imaginación y pongan aquí un emoticón triste y lloroso, porque el asunto es para eso...) O el caso más reciente de las setas de la Encarnación, a mi parecer bonito edificio pero absolutamente desubicado, que para colmo terminó costando a las arcas públicas el doble de lo presupuestado, unos 100 millones de nada... Bueno, sí: de euros. Megalomanía se le llama a todo esto, que si encima la mezclamos con intereses económicos "raros" de por medio, formamos un cóctel que no lo supera en explosividad ni un vaso de sidra hasta arriba de tequila y absenta.


            Y así está nuestra Sevilla. Y otras ciudades, claro está. Por hacer honor al título de nuestro periódico [este artículo se publica en La Voz de El Viso], ¿hablamos de la protección del patrimonio visueño? Eh... Esto... Mejor otro día, ¿vale?

martes, 1 de abril de 2014

Entrevista en "Piedad"


El próximo jueves día 10 recitaré la Meditación que cada año organiza la Hermandad de la Piedad ante sus Titulares. Por tal motivo me han entrevistado en su revista.

-¿Qué supone para ti ser meditador de nuestra Hermandad?
- Os puedo asegurar que para mí supone un regalo, casi un reconocimiento. Y lo tomo así porque me gusta leer y escribir, sobre todo lo primero, y, visto desde esta perspectiva, el hecho de que la Hermandad de la Piedad me encargue la recitación de un texto de tan marcadas características supone sin lugar a dudas que un grupo de personas, en este caso la Junta de Gobierno, pone en mí su confianza para esta tarea uniendo mi nombre al de importantes plumas que ya recitaron la meditación. Por ello, no me queda más que mostrar mi infinito agradecimiento, y permitidme además que lo haga muy particularmente a la persona de nuestro hermano mayor, Pachi, pues sé que mi designación fue empeño personal suyo.

-¿Como recibiste la petición de la Junta de Gobierno?
- Pues fue el propio hermano mayor quien me la transmitió. Al finalizar una misa en el mes de octubre, me llevó hasta el sagrario, y allí, delante del Santísimo, me recordó que al entrar él de hermano mayor yo le felicité y le dije que le ayudaría en lo que pudiera. "Ahora necesito esa ayuda", me dijo. Entonces me pidió que aceptara su invitación, porque además sería el último meditador visueño de su mandato y él quería que fuera yo. También me contó que la Junta de Gobierno apoyó unánimemente mi designación. Tengo que decir que, por lo inesperado del hecho, por lo que yo le dije a Pachi en su momento y que entonces me recordó, y por las circunstancias en que me lo comunicó -aquella misa fue en rogativa por la salud de José Antonio Martín y yo personalmente estaba un poco emocionado por aquello-, le dije que ni le pediría unos días para pensarlo; yo sería el meditador, aun siendo en aquellos momentos consciente de que no me enfrentaba a un texto fácil.

-¿Qué te inspira a la hora de realizar el texto?
- Principal y fundamentalmente el propio misterio de la Piedad. Normalmente nuestras hermandades tienen como titulares a Cristo y a María, y le rendimos culto a cada uno pero por separado, de manera que una y otra imagen de cualquier hermandad tiene sus propios cultos y su propio paso para procesionar. En cambio, el misterio de la Piedad es una perfecta conjunción entre Cristo y su Madre y viene a mostrarnos con absoluta rotundidad esa fe tan mariana que solemos profesar en nuestra tierra. Contemplar el misterio de la Piedad es cerciorar nuestra creencia en María como Madre de Dios. Y esa contemplación es lo que más me ha inspirado a la hora de redactar la meditación. Aparte existen otros componentes secundarios tales como la madrugada, nuestras calles o la propia cofradía, que también han influido de alguna forma.

-Tú que posees experiencia pregonera, ¿cómo has concebido tu meditación?
- Es algo distinto a lo que he tenido oportunidad de hacer hasta ahora. Mi Exaltación de la Eucaristía y el Pregón de las Fiestas Patronales eran textos de tono claramente festivo, no exentos de fondo, eso sí, pero con una línea textual enfocada a exaltar un Sacramento y unas fiestas muy queridas. La meditación tendrá otro aire porque entiendo que su propia naturaleza así lo requiere. Tendrá partes en verso y prosa poética, porque entiendo que esas formas no están para nada reñidas con la profundidad que debe tener un texto de estas características, y porque, modestamente entiendo que a estas alturas puedo enfrentarme al reto de escribir décimas y romances sin meter mucho la pata... Pero la característica principal de la meditación es que la he basado, en su forma, en el Apocalipsis de San Juan. Por lo tanto es un texto cargado de metáfora y de expresiones propias del Apocalipsis, lo cual, debo decirlo, me ha supuesto un reto importante. Con absoluta seguridad os digo que es el texto más difícil y que más trabajo me ha costado de cuantos he escrito en mi vida. Pero me propuse ese reto y el resultado está ahí. Ojalá guste.

-El momento de la recepción por parte de la Madre Dolorosa del cuerpo
sin vida del Salvador ha sido meditado un sinfín de ocasiones, ¿desde
qué perspectiva afrontas tu texto?
- Como decía antes, es una excepcional visión de María como Madre de Dios hecho Hombre. Y fijaros que es un misterio que solo se representa en dos momentos de la vida de Jesús: en su nacimiento y en su muerte. Y ahí está María, en el principio y en el fin. Por tanto, mi texto es una continua alusión al Señor y a la Virgen unidos, casi fundidos en uno, lo que es casi un grito para despertar nuestra fe.

-¿Cómo piensas que debe ser el momento de pronunciar la meditación ante
nuestros Sagrados Titulares en el ambiente recoleto de nuestra Casa
Hermandad?
- Pues la verdad es que no tengo más remedio que imaginármelo, porque yo nunca he podido asistir a este acto. Como sabéis, desarrollo mi vida cofrade en la Hermandad de los Dolores y la noche en que se celebra la meditación concluye el Septenario de la Virgen de los Dolores, por lo que procedemos a bajarla de su altar para ponerla en besamanos. Es una noche que vivimos muy intensamente hasta que a las doce, ya Viernes de Dolores, le cantamos la Salve. Por lo tanto, tengo que imaginar, y veo ese momento como algo en familia, muy íntimo. Además, las dimensiones del salón y la iluminación que se instala ayudan a crear ese clima. Y, por supuesto, es definitiva la presencia allí de nuestros Titulares. La verdad es que cuando me imagino allí, en ese ambiente de penumbra y con el Señor y la Virgen a un palmo de distancia y a mi altura... casi me veo en la gloria.

-¿Qué vas a transmitir?
- Son varias las ideas que intentaré transmitir: Cristo como verdad absoluta, María como Madre y transmisora de luz y esperanza al mundo, y el triunfo de la Resurrección sobre la muerte. Porque aunque se trata de una meditación sobre un misterio pasionista, y pese a que su forma está inspirada en el Apocalipsis, que por sí mismo significa final, tengo que decir que el texto rezuma esperanza en la contemplación del misterio de la Piedad, basándome quizás en la idea de justicia que impera en el propio Apocalipsis, de forma que la Resurrección derrota a la muerte y Dios vence a la maldad humana. Aparte de todo eso, también, aunque de forma más discreta, intentaré transmitir la necesidad de vigencia de una serie de valores que me parecen fundamentales, y que a mí me transmitieron en mi familia y en el entorno en el que siempre me he movido.

-¿Tendrá tu Meditación dedicatoria?
- No lo voy a citar expresamente en la recitación, pero sí, la meditación está dedicada a la memoria de José Antonio Martín Benítez, un gran cofrade y un feligrés ejemplar que como sabéis falleció hace unos meses dos días después de dejar de ser hermano mayor de los Dolores. Pese a que yo nunca tuve mucha relación con él, en estos últimos años descubrí a una gran persona de la que además he aprendido no pocas cosas. Como oficial de su Junta me dedicó un trato exquisito, demostrándome gran estima, por lo que dedicarle este texto es lo menos que puedo hacer como homenaje a su memoria.


jueves, 13 de marzo de 2014

Cuando la luz renace

Los días contemplan ya el reinado de la luz. Los amaneceres regalan su sinfonía de luces y esplendores a hora cada vez más temprana, mientras las tardes estiran sus extremidades en un largo desperezo, indisimulada demostración de aburrimiento por tanto ceder su espacio a la noche. En el aire se dibuja un espectáculo de exhibición aérea con vuelos en picado e inconfundibles trinos que pasan a ser la banda sonora de los atardeceres; sí, volvieron los vencejos trayendo bajo sus alas, alforjas viajeras, calor y calidez. En los campos hay fiesta grande. Una vega alfombrada de verde contempla entusiasmada cómo le salpica su piel una cadenciosa letanía de colores que se fueron en el estío para, como bucólico Sísifo, siempre retornar. Y ahí andan enseñoreándose lirios, amapolas, margaritas y violetas. Se ven en los escaparates capirotes, flechas de primaveral Cupido, que parecen señalarnos el camino de los ensueños.  Los zaguanes exhalan aromas de miel, perfume cuaresmal de resabios mudéjares que se adueñará caprichosamente de nuestras despensas. Y en las calles, los naranjos se ponen hermosos engalanándose con broches blancos que embriagan a algo más que el olfato...

            Las noches pierden su quietud; poco a poco van conociendo discretos movimientos acompasados por un eco de cornetas. Los templos dejan salir nubes de incienso que transportan al que lo respira a algún espacio más lejano aún que el de las meras sensaciones... ¿o es que ha bajado el cielo a la tierra? Hay en las paredes carteles puestos que nos retrotraen a tiempos pasados y nos hablan de triduos, quinarios y un ansiado septenario a las mismas puertas de la gloria. Vuelven a casa una mujer que ha olvidado quitarse la medalla de la hermandad, mientras a su lado, su hijo juguetea con la suya en las manos, la misma que le impusieron con pocos meses de vida ante el orgullo y la felicidad de sus mayores. Huele a cera cerca de una casa hermandad; hay trabajo de priostes porque se escucha también rumor de plata, candeleros que se apilan refulgentes a la espera de formar parte del escenario de la magnificencia. Y un grupo de hombres bragados, con costales bajo el brazo, se dirigen presurosos al almacén donde les espera el objeto de las hazañas que soñaron.


            Cuando la luz renace, se torna el escenario de la vida para dejar salir de nuestro interior añoranzas de aquellas sensaciones que conocimos en la edad de la inocencia y que mantenemos intactas en las alacenas del alma. Se quiera o no, la nueva luz nos hace cosquillas en las entretelas de los sentidos.  

jueves, 27 de febrero de 2014

Cambiar la Historia

Anda la Junta de Andalucía pensándose si reclamar la titularidad pública de la Mezquita-Catedral de Córdoba, que desde la conquista de la ciudad por Fernando III en 1236 pertenece a la Iglesia. Ignoro en base a qué principio legal pretende ejercer esta acción, pues no es ese ni mucho menos el terreno en el que mejor me muevo, pero supongo que alguna razón se alegará. Por supuesto, como apoyo a esta iniciativa se ha organizado una plataforma que se mueve estos días por internet, en la que todo aquel que esté de acuerdo con que el monumento pase a ser propiedad de todos los andaluces puede dejar su firma. Faltaría más en este país tan amante de hacer colas y de firmar contra algo. El asunto es que como medida tardorrevolucionaria, la cosa suena bien: un organismo estatal no confesional -la Junta de Andalucía- le quita a la Iglesia la propiedad del más importante monumento del antiguo califato cordobés. Se repara así una injusticia histórica dado que aquello era propiedad del propio califato y lugar de culto musulmán que, de la noche a la mañana, pasa a manos eclesiásticas. ¡Éxtasis progresista!

            Pero claro, cuando se plantean estos hechos, a uno le da por preguntarse dónde se ponen los límites. Porque antes de que existiera la Mezquita, estaba allí la iglesia visigoda de San Vicente. Ergo, si la titularidad pasa a la Junta, ¿podría la Iglesia reclamar la propiedad de lo que fue solar de San Vicente? Y vayámonos a otras partes del mundo. En Estambul está -hoy como museo- la basílica de Santa Sofía, uno de los más bellos templos del mundo, levantado por el emperador Justiniano en el siglo VI. Fue durante casi mil años templo cristiano, hasta que en 1453 Constantinopla cayó en manos de los turcos, que, sensu contrario a lo ocurrido con la Mezquita de Córdoba, pasó a ser inmediatamente lugar de culto musulmán. ¿Debería pasar de nuevo a manos de la Iglesia? Y sigamos tirando del hilo: ¿debería España reclamar la propiedad de miles de catedrales, iglesias, fortalezas y demás regios edificios levantados durante la época colonial en Perú, en Filipinas o en México?


            Si se quiere mirar el hecho desde una óptica meramente sentimental, tendremos la confirmación de que la Historia está repleta de hechos que nos pueden parecer más o menos injustos. Porque la Historia ha estado sujeta desde que existe a cambios, unos lentos y otros bruscos, pero siempre dados por el signo de una lógica que irremediablemente se impone. Y normalmente, la lógica no suele dejarse guiar por los sentimientos. El debate daría para mucho, pero a mí se me antoja que querer cambiar la Historia por una cuestión meramente gestual me parece del todo ilógico. Así que, por favor, que Santa Sofía siga en manos musulmanas. 

lunes, 3 de febrero de 2014

Costuras entre el tiempo

A veces el tiempo se parece a una bobina de hilo: cuando está sin estrenar nos parece que tendremos para siempre, pero llega el momento en que el hilo se acaba. Como el tiempo, que nos parece eterno pero cuando queremos darnos cuenta se nos ha ido volando. Ocurre sobre todo cuando tenemos las vacaciones por delante. Este verano pienso hacer esto, eso, aquello... Y cuando queremos darnos cuenta se nos ha ido el tiempo sin hacer nada de todo lo pensado, ni tampoco aquello que podemos hacer cuando se trata de pasar el rato; como por ejemplo leer. Y sobre eso me apetece hoy escribir: sobre leer; sobre lo fascinante que es leer.

            A principios del año 2011, una dentellada me tenía el ánimo abatido. Fue entonces cuando me dispuse a leer "El tiempo entre costuras", novela de la que se venían hablando maravillas. Y lo cierto es que las expectativas se cumplieron; me imbuí tanto de su atractiva ambientación, de la perspicacia de sus diálogos, de la personalidad de sus personajes, de la perfectamente hilvanada trama, de sus tintes históricos, de... que durante las horas -ansiadas siempre- que le dediqué sentí cómo toda la realidad más circundante me abandonaba. El tiempo se paraba a mi alrededor y solo me interesaban Sira y sus aventuras, desventuras, penas y alegrías. Sencillamente, mi realidad, o mi circunstancia -la otra parte de nuestro yo-, dejaba de existir.

            Y eso me ha pasado, como seguramente a muchos de vosotros, con otros tantos buenos libros que están al alcance de cualquiera. Si lo centro en "El tiempo entre costuras" es por su reciente nuevo éxito, esta vez televisivo. (La serie me ha gustado bastante. En mi opinión muy bien hecha, aunque, vaya por Dios, tuvo que ser el último capítulo el de la decepción. Esa escena -que por cierto no aparece en la novela- en el castillo, cuando Marcus Logan rescata a Sira de las garras de da Silva, me pareció patética. Y es que cuando a los guionistas les da por introducir suspense a base de pistolitas...)


            Esa es la grandeza de la lectura, ese es su poder de seducción, esa su capacidad casi hipnótica. Y pocas cosas más son capaces de coser heridas entre tiempos turbulentos.

martes, 14 de enero de 2014

Ser del Betis

Estoy muy lejos de ser un futbolero. En esto del fútbol no soy antiotros, y el descenso de mi equipo -trance por el que habremos de pasar inexorablemente tarde o temprano, porque ese es nuestro sino- no creo que me amargue ni un solo minuto. Casi no veo ninguno de sus partidos, y soy incapaz de recitar su alineación. Pero soy del Betis; criado entre sevillistas, pero del Betis. Y probablemente más de uno que lea estas líneas esté pensando ese "pues no te pega nada" que he tenido que escuchar muchas veces, lo que habla a voces del -peligroso- apego que le tenemos a los arquetipos, y que en este caso establecen que el seguidor del Sevilla es aplicado, elegante, atildado... pijo; y el del Betis es tosco, desaliñado, populachero... cani. Pues bien, es ahora, precisamente ahora que mi equipo pasa por una de sus frecuentes malas rachas, cuando más ganas me dan de decir que soy del Betis. Porque para mí, ser del Betis no es necesariamente ir al Villamarín los domingos, ni consagrarse a la filosofía a fondo perdido del manquepierda, ni muchísimo menos jalear ciegamente a aquel que vino de salvapatria... y por poco nos da la puntilla.
            La cosa es más trascendental. Porque ser del Betis es, para servidor, sentirse más a gusto en la taberna inmunda y ruidosa de la esquina, que en el distinguido restaurante de una calle principal. Es acompañar la cervecita con unas aceitunas y no con una jugosa tapa servida de balde. Es preferir homenajear los sentidos en la serena elegancia de Florencia, que en la imperial magnificencia de Roma; en las evocadoras calles de una ciudad castellana, que en la multirracial Nueva York. Es leer el Quijote -solemos los verdiblancos estrellarnos contra molinos... y a la vez vencer a gigantes-, a Stendhal, a Auster... en lugar de las sombras esas de no sé qué Grey. Ser del Betis es cultivar nuestra risa con el elaborado y agudo humor de Les Luthiers, y no con el más que previsible del Dúo Sacapuntas; con el absurdo de los hermanos Marx y no con el chabacano de Canal Sur. Es sentir como un placer pasear por una playa desierta por el frío invernal, en vez de ponerse a buscar un huequecillo entre la multitud veraniega para freírse al sol. Es recrearse hasta la saciedad con las luces de un crepúsculo otoñal en nuestra vega, antes que con las de una discoteca. Es cuidar nuestro oído escuchando a Wagner, a Stravinski, a Debussy, a Falla -que por algo compuso su Fantasía bética y fundó la Orquesta Bética Filarmónica; eso sí que es ser un don Manuel...-, en lugar de cualquier efímero éxito comercial de una radiofórmula. Ser del Betis es considerarse originario de la Bética antes que ciudadano del Imperio.
            No hablo de cultura, qué más quisiera yo que así fuéramos todos los del Betis. Tampoco hablo de gustos de minorías, porque lo mismo hasta somos más que los del Sevilla. No; ya decía que la cosa es más trascendental. Hablo de bohemia, de romanticismo si se quiere, con su correspondiente dosis de tragedia, porque los del Betis llevamos la fatalidad en nuestro ADN, aunque siempre acompañada, en un horizonte lejano, y en las barras de nuestra camiseta, por la esperanza. La esperanza de Sevilla.