jueves, 20 de julio de 2017

Quintillas de julio

¿Por qué esta noche me llaman
las musas que me olvidaron
con la cera derramada?
¿Por qué mi voz la rescata
este fragor de verano?

Te presto, oh julio, mi pluma,
no me digas que palpita
en tu sombra la luna;
yo sé que tu faz alumbra
un fuego que arde sin pira.

Te dio nombre un patricio
que engalanó el calendario
con el bético artificio
de quien supo construirlo
luciendo orgullo romano.

¡Dame nombres pa tus días!
¿Cuál describe tus fulgores?
¿Es Carmen, es María?
Da igual, suelta tu retahíla
que en mi ser resuena ¡Lole!

Y no seas mal agüero,
no quieras quemar mis muros
con tu calor de romero,
porque aunque arda en tu seno
yo sigo siendo tuyo.

martes, 9 de mayo de 2017

Quintillas de mayo

                                Están cayendo en tus sienes
                                chaparrones de alegría
                                mientras siembro en tus quereres
                                matas de romero verde
                                para aromar tu sonrisa.

                                Manan las voces quemadas
                                una fuente de lunares
                                para ahuyentar la nostalgia
                                que en la luz de tu tez blanca
                                puso un vuelo de volantes.

                                El mantoncillo en la alcoba
                                está pidiendo unos hombros
                                porque ve que le hacen sombra
                                un lunar junto a tu boca
                                y una rosa junto al moño.

                                Mayo viejo y siempre nuevo,
                                ¡aguarda tus embestidas!,
                                déjame ser tu reflejo
                                cuando me alcance el veneno
                                de tu piel de margaritas.

                                ¡A los cerros, a los cerros!,
                                ¡vamos al campo, chiquilla!
                                que yo quiero que en mi pueblo
                                cante una cruz de romero
                                su estrofa de clavellinas.

viernes, 7 de abril de 2017

Décima al Viernes de Dolores (IV)

Ayer la luna cantaba
sus coplillas a María.
¿Qué varal no apuntaría
la luz de la noche clara
en un corazón de plata?
Porque en el cielo se acuna
lo que en el siglo deslumbra,
viene envuelto entre loores
otro Viernes de Dolores
con un beso de la luna.

martes, 7 de marzo de 2017

Por marzo...

Era por marzo cuando la luz pujaba por reinar. El niño redescubría las tardes largas en que siempre escuchaba ecos a lo lejos; griterío de chavalería, una bandada de pajarillos que traían la primavera colgada de sus picos, una marcha que sonaba en el horizonte del oído… y el niño se preguntaba, y deseaba averiguar, dónde estaría ensayando la banda.

            La calle olía a miel y cal. Los zaguanes escupían el aroma de lo que sabe a ambrosía por marzo y el niño le decía a los amigos “ahí están haciendo torrijas”; y era fácil que escuchara un “yo creo que son pestiños, huele a masa…” Mientras, por las aceras se abrían paso capirotes de cartón blanco de ancá el Mosca por entre las escaleras de quienes encalaban sus fachadas.

            Por marzo, el niño no jugaba en la calle a lo de siempre; el trompo, la lima o el “al cielo voy” quedaban aparcados hasta Pascua de Resurrección, porque por marzo jugaba a los pasitos, con todos sus avíos. Faldones de tela barata, hachones con tapones de Casera, respiraderos de cartón y purpurina, varales hechos con los tubitos de los zapatos cogidos de la zapatería del Celia… ¡Y hasta cabildos y cultos muy solemnes! Por supuesto, con su mijita de incienso escamoteado de la hermandad, la de verdad…

            Y al punto del crepúsculo, un azul mortecino bañaba la cocina de la abuela, la amplia estancia con aquella mesa de patas robustas y ancho cajón en el que siempre rodaba el mazo del almirez cada vez que se abría. Encima, el lebrillo de los pestiños, cubierto con blanco paño, como queriendo ocultar un misterio vernal que resbalara por la miel.

            Era por marzo cuando cualquier día escuchaba que esa noche ensayaba no sé qué cuadrilla, y entonces tocaba darle la coba a la madre para que le dejara ir. Esa misma madre que siempre le decía que si quería ir con ella al Septenario tenía que estar en casa pronto para ducharse y vestirse de limpio, porque al Septenario no se iba de cualquier manera.

            Y de camino a la iglesia, el aire templado se tambaleaba borracho por la fragancia que ya habían parido los naranjos.

            Era por marzo cuando el niño aprendió que esta tierra es poesía. Ese niño que aún corre dentro de mí.